10/11/20

El chino y la Serie Rosa

Nadie se había ido a dormir y todos estaban frente al televisor. Esa noche no vería La Serie Rosa como los domingos anteriores. En vez de eso, la familia había puesto el canal 5, con un documental sobre las microscópicas criaturas que pueblan nuestra vida cotidiana, ácaros, animalillos, insectos minúsculos. Madre era quien más lo disfrutaba, pues celebraba cada nueva información con comentarios amenos, que los demás aceptábamos de buena gana. Hasta que se interrumpió la programación.
“Va a hablar el chino”, dijo madre. Y habló. Mientras tanto él, escuchaba ese pedazo de la historia y lo único que le preocupaba era que ahora sí, definitivamente, no vería la Serie Rosa. El mensaje a la nación le pareció uno más de tantos que ya había vivido. Recordaba a los ministros de economía del gobierno anterior, que anunciaban los ajustes económicos y luego todo era tristeza en la casa. Pero estaba claro que esta vez la economía no era el tema de turno. Todos escuchaban en silencio y pasada ya la hora de la Serie Rosa, la esperanza se había esfumado. Tendría que esperar hasta la siguiente semana. El documental no volvió, las noticias coparon los cinco canales existentes al momento. Lo más importante para el imberbe pajero de 13 años no era que su país había caído en dictadura una vez más. Lo que le provocaba la sonrisa babosa con la que se fue a dormir era el enterarse que las clases del día siguiente, 6 de abril, habían quedado disueltas, di-suel-tas. En eso pensaba, acostado en la cama baja del camarote. Afuera, la década se encendía y empezaba el fin del siglo veinte aunque nadie quisiera saberlo aún.

9/11/20

LA JUVENTUD POPULAR

 Ellos pensaban que uno era un infiltrado. Esa noche se reunía la célula de Juventud Popular, como siempre, en una oficina frente a la Plaza San Martín, exactamente sobre el Embassy. Ya había participado de varias actividades como el pegado de carteles a medianoche, tocar el bombo en las marchas contra la dictadura, llevar la bandera del movimiento en esas mismas manifestaciones, ir a recolectar firmas al jirón de la Unión por toda una tarde.

Esa noche, había llegado demasiado temprano a la plaza. En uno de los portales había una librería y allí entró a entretenerse. Pero era una librería triste, los libros empolvados eran nuevos que parecían de segunda mano. Hojeó algunos sin mayor referencia y terminó por comprarse La Ciudad y Los Perros de la editorial Peisa. Se lo dieron en una bolsa de papel, pagó y partió hacia la reunión. Allí estaban las mismas caras de días pasados. Fueron dos horas bastante aburridas. Jóvenes de izquierda tratando de articular opiniones que ya habían recibido prefabricadas y compitiendo entre sí por colocar el adjetivo más agresivo sobre los enemigos fujimoristas en aquel entonces. Todo iba bien, escuchando lo que decían y queriendo irse pronto pues ya sabía en qué terminaría todo. La bolsa de papel, el libro dentro, descansaban en su regazo.

Se acercó uno de los líderes, Carlos, mientras algún otro de los presentes le decía “bufón de la dictadura” a Valle Riestra. Carlos sentado a su lado, le preguntó qué llevaba en la bolsa. Un libro, le dijo. “A ver, préstamelo”, y él lo sacó de la bolsa y se lo entregó sonriente, ingenuo, pensando en un genuino interés literario. “¿Vargas Llosa?”, le dijo, “ese es como Bayly, ¿no?” Y él lo miró extrañado. No, simplemente dijo. El joven volvió a decirle bufón a Valle Riestra.

El libro le fue devuelto y Carlos se alejó de él.

Pero no fue hasta la intervención de Martin, otro de los líderes, que entendió lo que estaba sucediendo. “Acá los soplones han venido a chambear con nosotros. Han salido a marchar con sus zapatillas de marca y han pegado afiches”. Se reía orgulloso y evitaba con evidencia intencional, mirar a uno. Esa fue la última vez que colaboró con la resistencia. En la siguiente reunión se deben haber felicitado de haber desenmascarado y descubierto a tiempo a ese agente del SIN que para esas horas seguro se sentaba en una banca de la Plaza Mayor, sin saber qué hacer y con algún otro libro en la mano, más que seguro, no ha leído hasta el día de hoy.

8/11/20

Baby, it's you

Uno escucha una canción y no puede dejar de repetirla. Se pasa el día cantándola por los cuartos, en el baño, mientras lee, mientras come, en voz alta, en susurros, la tararea. La escucha en la voz de las Shirelles, de los Carpenters, de Smith, en versión Glee.

Hoy es esa, mañana cuál será.

Porque en la discoteca ya hace varios años que no se admiten nuevas melodías. Son las mismas pero el que cambia es uno. Pasan, pacientes, 30 años para que logre encabezar el ranking personal de la semana, la Más Más del momento, una canción grabada hace apenas 57 años finalmente encuentra la circunstancia correcta para dejar su mensaje. Mensaje demoledor, verdad de cemento, se escucha ensordecedor, el volumen a mil: Sha-la-la-la-la-la-laha.

Y uno. Ahí, feliz nomás, pues.

6/11/20

LOS 15 MINUTOS

Siendo las 10:58, escribiré hasta las 11:13 como lo planeé hace casi diez años. Como lo hice por varias semanas entonces y luego apenas esporádicamente. Lo haré hoy y lo seguiré haciendo cada día y quizás alguna vez nuevamente dejaré de hacerlo. Pero esta noche me siento en esta incómoda silla giratoria y me enfrento a la ballena blanca.

Ha sido una década larga que se acaba en pocos días.

Una década de vivir con ella que es infinita. E infinita e infinita e infinita… De conocer a dos locos bajitos que me malcrían y me enseñan lo que debe ser la vida. De entender a esos dos viejos que me cobijaron desde que nací y a quienes me quiero seguir pareciendo. De aprender a treparme en cuatro ruedas y cantar a todo volumen por el tráfico de mi ciudad. De llevar mi distracción a todos lados en el bolsillo derecho. De aprender a odiar a todos los políticos. De vivir la clasificación a un mundial. De reencontrarme con la última vocal. De amar el mercado de mi casa. De maltratar al piano. De enseñar aunque no quieran y aunque a veces sea yo el que no quiera. De jugar al fútbol sobre pasto falso y también de correr y correr cada vez más lentamente por asfaltos grises. De jugar con legos. De no leer lo que debo ni lo que quiero. De escribir sin constancia. De descubrir San Juan y Puerto Supe. De volver a la cuadra 3 de Yungay aunque solo fuera un ratito. De perseguir la pelota nuevamente en el Humboldt. De ir al estadio para ver a un beatle y cantar. De ese amigo que resultó que se había vuelto escritor. De los Topojuegos. De los viajes… Y de este 2020 de Covid, miedo y resurrección.

11:13

15 minutos.

 

5/5/20

LOS BITLES

Había una vez una grabadora negra en casa. Uno le ponía un cassette y podía grabar sus propias palabras. Hasta que un día se le perdió el micrófono y no le quedó más que reinventarse en un triste toca-cassette de un solo parlante.
Un cassette de 90 minutos llegó desde muy lejos. Francia, para ser más exactos. Traía música variada. Se lo enviaba a Viviana una desconocida amiga que tenía el hábito de cartearse con gente de todo el mundo. En uno de esos intercambios, llegó el cassette a la misma casa donde estaba la grabadora negra.
Eran un disco rojo y otro azul que llegaron prestados por alguien de la Unesco o algo así. Mientras pelaba arvejas en el sofá de la casa, Javier los escuchaba a todo volumen. En algún momento, Javier debe haber pensado que era mejor oír los discos en un cassette. El disco rojo (que era doble) supo caber en 90 minutos.
Una tarde, esa grabadora se unió a ese cassette y la música de esos discos rojos fue brotando desde un solitario parlante.
Sigue haciéndolo hasta hoy.

9/4/20

Las Caminatas

JM y JN querían ser escritores pero estudiaban administración. Se conocieron pronto pero no fue hasta el día de su coincidente cumpleaños que sellaron una amistad infinita. De testigo tuvieron a ER, sentados los 3 en una vereda a dos cuadras de la universidad donde estudiaban. Esa tarde no fueron a clases, solo se dedicaron a terminar la botella de ron que se habían comprado con los pocos dineros que pudieron juntar. En las semanas siguientes, dejar de ir a clases se volvió rutina.
Abandonaban el salón, sin ningún respeto, en medio de cualquier cosa que estuviera diciendo el profesor del momento. Y caminaban. Caminaban tanto que muchas veces veían aparecer frente a sus ojos, los edificios del centro de Lima o las luces de las avenidas emergentes en San Miguel, o las calles silenciosas de Pueblo Libre.
En sus conversaciones soñaban sin mayor esperanza. No bebían porque el dinero era escaso, mejor era comer. Las conversaciones duraban lo que duraban esas caminatas.
De esos tiempos hoy solo quedan las conversaciones. Los sueños quizás también pero las caminatas sí que se han desvanecido. Se bebe más, el dinero ya no es tan escaso y se come, aunque en realidad no se quiera.

4/4/20

31 de diciembre de 2020

El 31 de diciembre de 2020 recordará que pasó más de un mes encerrado en casa con su familia. Recordará que jugaba al fútbol todos los días y que la mayoría de las veces, a pesar de sus esfuerzos, se iba derrotado de la sala. Recordará que en las tardes se tiraba a leer por un par de horas sobre alguna cama. Sonreirá cuando se vea a sí mismo, también, sentado frente a una partitura que no pudo terminar de ejecutar a pesar del tiempo de ese encierro. Sabrá también que ahora cocinará más que antes. Hasta quizás, extrañará esas mañanas modulando el fuego, solitario en la cocina, escuchando álbumes completos desde el celular.
En aquel entonces, el recuento de contagiados y muertos, indicaba que se acercaba la hora del almuerzo. Es probable que para ese fin de año, su mujer ya habrá leído el Ensayo sobre la Ceguera que no pudo porque faltaba en la biblioteca. O que el pequeño futbolista haya terminado el Diario de Ana Frank que empezó en esas semanas. Y que la pequeña artista haya ya olvidado al Marshmello, que la divertía mientras la calle le era ajena.
Quizás en la tarde previa a ese año nuevo ellos jueguen el Dixit que no pudieron jugar por haberlo olvidado en alguna casa lejana. O quizás jueguen al Kuh Handel que tanto los acompañó sobre la mesa del comedor.
La universidad, la calle, la televisión, las ropas, el viento, los vecinos, las azoteas, los perros, los miedos, las cervezas, las aguas, las familias, todo habrá cambiado para entonces.
Llegará ese 31 de diciembre y todo no será más que un recuerdo, de esa vez que nos quedamos en casa.