13/8/15

El pez en el camión

"... este creo que se ha muerto y no le han avisado"

un cómico ambulante


A veces uno muere y no se da cuenta. Como el pez fuera del agua, durante un tiempo da sus últimos aleteos, se resiste, pero el oxígeno se acaba y al final solo queda la pestilencia de un ser inanimado, sin futuro, sin vida. Ese pez tarda en notar que la muerte lo ha alcanzado pero es cuestión de tiempo nada más para que las fuerzas lo abandonen, para que su mirada perdida se fije en esos ojos que en algún momento tuvieron la luz de la promesa.

Entonces ese pez muerto no sirve más que para alimentar a otros. Otros sueños, esperanzas, vidas. Proveerá la energía suficiente para que alguien se atreva a no morir tan pronto. Será consumido y los restos botados a la basura para que aún hasta los perros que lo sobreviven puedan correr un día más en el parque o montarse sobre alguna compañera en celo que se los permita. Esa esperanza al menos le queda.

A veces ni eso. Porque puesto sobre la mesa podrá ser rechazado, escupido, abandonado sobre el plato frío y luego, en el tacho de la basura, cumplirá finalmente su destino, el de un ser inservible, desperdicio de polvo cósmico triturado en un moderno camión de la municipalidad de Los Olivos.

31/7/15

Koki

Koki y yo compartimos defecto físico. A él se le nota más pero al final da lo mismo. Cuando lo conocí, hace más de 30 años, inmediatamente nos hicimos amigos. Siempre sonriente, con los cabellos largos a lo Nino Bravo, me dejaba escoger el chiste que yo quisiera de entre los cientos que ofrecía en su pequeño rincón del mercado, a la espalda del juguero entrañable.

Esa fue la primera biblioteca que visité en mi vida, aún sin saber leer. Intentando descifrar, aprendí. Periquita, La Pequeña Lulú, Supermana, Lorenzo y Pepita, mis primeras ficciones venidas de México en colores y con el infaltable auspicio de Charles Atlas. Koki nunca, jamás me negó cualquiera de sus revistas que para mi eran un divertimento y para él un sustento.

Al pasar de los años, fui sabiendo de él ya solo por oídas a causa de mi proverbial ingratitud. De sus nutritivos desayunos con Coca Cola, de sus innumerables y siempre honestas maneras de ganarse la vida, de sus altas y de sus bajas. La vida sigue indetenible.

La última vez que lo vi, fui yo quién me acerqué. Él, siempre discreto, se encontraba de pie en la vereda de la iglesia. Toda la familia salía de ella y él allí, de pie, en silencio, presente. Me acerqué a él y le toqué el hombro. Una fracción de segundo más tarde era víctima de un abrazo inesperado, de un cariño inmerecido, de una agitación emocionante. Koki me abrazaba mientras reía interminablemente y repetía el sobrenombre con el que hoy ya nadie más que mi hijo me nombra. Verlo después de tantos años, idéntico a esos tiempos en que la felicidad era un chiste de la editorial Novaro, me dio la alegría de saber que hay cosas que no cambian con el tiempo, que yo sigo siendo para él el 'Pepito' de hace 30 años y él sigue siendo para mi ese tío que cada vez que me ve me abraza sinceramente y me pregunta cómo estoy, genuinamente interesado en una respuesta que no cambia ni con las canas ni con los kilos.

9/3/15

A book is a book is a book is a book is a book...

De un tiempo acá siento que los libros de mi casa me miran con reproche. Me miran los pendientes y un sentimiento de culpa se me instala en las entrañas. Les evito la mirada pues no quiero que su silencio y su aparente inmovilidad me persigan por los cuartos de esa casa tomada por espíritus con mejores esperanzas en la vida. Están allí instalados sobre el escritorio, sobre las camas, en el baño, sobre los muebles recordándome a cada instante aquello de lo que me pierdo. Me miran, me seducen, nos seducimos pero al final debemos separarnos desgarradoramente y ya no puedo mirar, es un nudo no en la garganta sino en las manos que no se atreven a tomarlos y descubrir sus contenidos con la ansiedad del preso recién liberado.
Están también los que ya fueron sometidos. Los que han mostrado ya cada zona de su contenido. Esos saben que han sido vistos pero no explorados. Saben que guardan secretos y se resisten a morir con ellos. Tienen el ansia de ser explorados nuevamente, de una segunda oportunidad que nos permita escudriñar cada detalle, cada giro que no fue descubierto una primera vez.
Pero será muy difícil esta vez.
El tiempo se pierde y ellos se acumulan, se amotinan, se aglomeran. Van invadiendo mi espacio, que en el fondo sé que es su espacio. Cada momento que uno no está con ellos es tiempo perdido, es rendirse ante la llanura de la cotidianeidad.

10/1/15

HI HI HI

... we're gonna get hi hi hi
the night is young...

Paul McCartney

El Jr. Varela a la medianoche de Breña es un lugar al que todos recomiendan no ir. La gente que te ve caminar hacia allí literalmente te lo dice casi en un ruego. Allí hay un tipo de esquina, de los que en mis tiempos presumían de las mejores zapatillas y hoy lo hacen del mejor celular. En realidad hay varios tipos en esa esquina, pasando el mercado, unos en cuclillas, otros mirando y esperando.

Hay que acercarse solo a uno y pedirle amablemente que nos venda grifa. Jamás se dice marihuana, las palabras de más de cuatro sílabas no son bienvenidas. Entonces él tomará tu dinero y lo verás alejarse con la paciencia que da una sartén cogida por el mango y desaparecer en alguna puerta lejana. Si estás acompañado de alguien conversarán por unos segundos sobre lo vulnerables que están en aquel instante, cómo podrían tranquilamente ser asaltados, estafados, escupidos, violados, lo que fuera en esos minutos breves y las estrellas mirarán pasar sin inmutarse a millones de años luz de distancia. 

El alma vuelve al cuerpo cuando el tipo de la esquina reaparece desde la misma puerta, ahora con paso firme, revoleando los brazos al andar. Es hora de guardar silencio mientras se acerca. Ya está, dice y estira el brazo con un pedazo de hoja de paginas amarillas de esas que los bomberos usan para apagar incendios. Cuidando de no decir nada estúpido, el libro de Macera que traes en la mano y que al final nunca leíste se abre para recibir entre las páginas 88 y 89 el preciado tesoro de medianoche.

La noche siguió entonces su curso decadente.

9/1/15

7:00 am

"In my life, why do I give valuable time
to people who don't care if I live or die?"

Smiths


¿Cómo he llegado hasta este rincón del mundo a estas horas? Sería interesante contar una historia de noche interminable que se prolongó a causa del alcohol, las drogas, el sexo, la espontaneidad y todas esas cosas que tienen el poder de arruinar vidas. Pero esto no es una historia, es la pura, dura rutina triste que tiene el mismo potencial de arruinar una vida pero con el agravante de que la extiende, extendiendo así la agonía de cada nuevo año.

Qué abstracto y qué aburrido. Y aun no has visto nada.

Suena la alarma como en cualquier lugar del mundo. No quieres levantarte a esto. Prefieres encerrarte en el cobertor de turno y volver a ese lugar seguro cual la placenta de tu vieja que es el sueño. Esas vidas breves que se nos regalan cada noche. Pero ya no se puede, es inevitable porque tu peor amo está dentro tuyo. El mismo que te regala el placer del sueño es el que ahora te urge a enfrentarte a un día que promete. Promete ser igual que ayer.

Sin darte cuenta te estás poniendo shampoo en las manos y tu conciencia se alerta ante la posibilidad de que caiga en tus ojos. Luego vuelve al limbo y ya estás en la calle comprobando los elementos que han quedado de una noche interesante y atractiva a cuya invitación no acudiste. Subes, llegas, bajas, caminas y ya se acercan las 7, esa hora en que empiezas a pagar el precio de vivir con la esperanza de que tus hijos escriban cosas diferentes.

6/9/14

Mr. Belvedere

Así que un día conoció a alguien y se iba a casar con ella. Mr. Belvedere se enamoró como un cualquiera y esta vez sí fue en serio. Ese último episodio llegó y finalmente Mr. Belvedere se despidió de los Owens para siempre.
Era la mejor media hora del día. Golpe de siete y media, a veces después de Bill Cosby y otras después de Toni Micelli, el mayordomo gordito y de bigote desparramaba ironías y flema británica sobre una pequeña residencia del Jirón Yungay, la cuadra tres.
Me cae que hay mucho trabajo de psicología por hacer. Los Navarrete Owens eran 5. Un hermano mayor al que le seguía una hermana pero por muy poco (ambos ya tenían citas con el sexo opuesto) y mucho después un niño travieso pero tan inteligente como encantador que apareció en cada uno de los 117 episodios de la serie. Y los papás se besaban y bromeaban. Como digo, la psicología, lo que somos, lo que queremos ser, lo que nunca seremos.
Entonces resulta que un mayordomo británico y refinado que antes ha servido a Churchill y Gandhi llega a esta casa yanqui de clase media para hacer el trabajo doméstico y el asunto se presta para 117 situaciones cómicas en las que papá George ve amenazado su status de macho alfa, mamá Marsha es la sensatez, vemos madurar al primogénito Kevin, sonreír a la encantadora Heather y joder al pequeño Wesley. Al final de cada capítulo, Mr. Belvedere se sienta a escribir una página más de su diario y bang!, es el punch final, de vuelta a no ser un Owen. De vuelta al noticiero de las ocho, terrorismo y escasez.

Por eso, esa noche, cuando Wesley abrazó a Mr. Belvedere cabía todavía la esperanza de que no fuera el capítulo 117. Pero el tiempo se agotaba y nada sucedía que detuviera su partida hacia el África con su flamante esposa. Se terminaba y no había nada más que hacer. Nadie lo anunció, fue tan inesperado que nadie lo creía. Pre-Internet, pre-spoilers.

Tantos años más tarde esa canción que iniciaba todo cada noche y que no pude descifrar en aquellos tiempos, ahora se presenta nítida, precisa y las voces ya no pertenecen a algún latino de acento neutro que se gana la vida saltado de serie en serie. Su voz o sea. Ahora son las voces reales de esa familia paralela que solo se dejaba ver durante 30 minutos. El Youtube tiene esas cosas, te suelta de golpe la música que anhelabas estar oyendo durante más de 117 tardes y entonces se sienten cosas arriba del estómago. Una inquietud, una ansiedad. 


Se fue Mr. Belvedere esa noche pero ahora ha vuelto. (todos los capítulos en Youtube)

25/8/14

Himno Nacional

Tres niños con guantes y boinas marchan por apenas 20 segundos sonrientes y el más grande de ellos lleva una bandera del Perú. El militarismo y todo eso, pues sí, se pueden entender las críticas pero cuando uno de ellos lleva los guantes que tú te encargaste de comprar y la boina que tú le colocaste en la mañana antes de salir de casa entonces a quién le importa lo demás. 
Se colocan a un costado de lo que vendría a ser el escenario donde minutos más tarde se escenificará una breve pieza teatral con niños disfrazados de ancianos que terminarán bailando una canción moderna que hace años estuvo de moda en todas las fiestas de la ciudad. El grupo que la interpretaba era boliviano y se llamaba Azul Azul. 
Entonces decía que los tres niños de la escolta se colocaron a un lado del proscenio. 
Así que ahora era tiempo de saludar a Dios. La que se puso al frente esta vez fue la miss de inglés que con el desparpajo de su juventud recita un padre nuestro que nuestro multilingüe padre en los cielos (fader in da jívens) habrá tenido dificultad en descifrar. Luego desea a todos los niños presentes que esta sea un feliz weekend (estamos lunes) y es hora de cantar el himno del Perú.
Se inician las notas musicales de esa canción que nos representa como país y aquí viene lo que realmente vine a contar.
Todos los niños llevan la mano en el pecho y cantan con alegría. La felicidad de cantar el himno nacional. Todo va bien, se lo saben de memoria, han pasado por esto muchos lunes de sus cortas vidas. Pero no es sino hasta que llegan al coro. "SOMOS LIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIBRES, SEAAAAAAAAAAAAAAMOSLO SIEMPRE SEAMOSLO SIEMPRE" que el asunto se llena de contenido.
Deja de ser por unos segundos el himno del Perú para ser el himno de esos niños. 
Lo gritan con toda la fuerza de sus impolutos pulmones, es la catarsis en una vida que no es más que catarsis. Luego vuelven a lo demás con su misma alegría, esa regular que demuestran a cada minuto.
Bajan la mano de sus pechos, son conminados a sentarse y entonces todo vuelve a la normalidad. El siempre de su canción acaba de terminar